
Después de las elecciones, Pavlick dejó el lugar en el que vivía en su coche, un Buick de 1950. Pocos días después envió una postal a un viejo amigo, comentándole que pronto oiría hablar de él, con grandes noticias. Aquella postal fue seguida por otras, del mismo tipo. Murphy, el amigo de Pavlick que las recibía, se dio cuenta que los lugares desde los que iban llegando habían sido visitados por Kennedy en los días de envío de dichas postales. Puso estos detalles en conocimiento de la policía local y el tema acabó en las manos del servicio secreto. Después de algunas entrevistas e investigaciones, descubrieron que Pavlick había comprado dinamita, lo que disparó las alarmas.
Pavlick estaba persiguiendo a Kennedy, vigilándolo en la medida de sus posibilidades. El 11 de diciembre, domingo, poco antes de las diez de la mañana, Pavlick esperaba dentro de su coche, cargado de dinamita, a que llegara el momento de poner su plan en marcha. Su objetivo era estrellar su propio coche contra el de Kennedy y que todo volara por los aires, él incluido. Cuando llegó el momento Pavlick vio que el presidente iba acompañado por su esposa, Jacqueline, y por sus dos hijos, y decidió posponer el atentado.
Cuatro días después, el 15 de diciembre, en Palm Beach, un oficial de policía descubrió el coche de Pavlick, que entonces era buscado ya por las fuerzas de seguridad, y arrestó a aquel cartero retirado, antes de que acabara con el presidente Kennedy. Pocos días antes había tenido su oportunidad, había estado realmente cerca de acabar con el presidente.
En enero de 1961 Pavlick ingresó en un hospital mental, siendo acusado de querer atentar contra la vida del presidente. En diciembre de 1963, diez días después de que otro hombre atentara, con éxito, contra Kennedy, Pavlick quedó libre de cargos. Según el juez, no era capaz de diferenciar entre el bien y el mal en sus acciones, al no tener sus facultades mentales en buen estado. Su vida, hasta 1975, cuando murió, fue una secuencia de hospitales.
Gracias a Dios, sus facultades mentales, dañadas, brillaron aquel día en el que decidió no volar el coche de Kennedy porque sus hijos y su esposa viajaban con él. Eso salvo la vida de todos, incluido Pavlick, y permitió al presidente vivir algunos años más, aunque acabara tristemente su días cuando otro hombre, Lee Harvey Oswald, sí llevo su plan hasta las últimas consecuencias.







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