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viernes 3 de julio de 2009

La guerra de las dos rosas

(viernes 3 de julio de 2009)
La Guerra de las Dos Rosas es el nombre bajo el que se engloban varias guerras civiles dinásticas que tuvieron lugar en Inglaterra entre 1455 y 1485. En ellas se enfrentaron las casas de Lancaster y York. Comenzó cuando el rey Enrique VI de Inglaterra, de los Lancaster, se enfrentó al tercer duque de York, Ricardo Plantagenet. Al parecer el rey no andaba del todo bien de la cabeza, o eso se decía, y aprovechando su debilidad militar provocada por la guerra de los Cien Años, el duque de York comenzó a reclamar el trono.

El duque de York fue derrotado en Wakefield, donde perdió su vida, pero esto no puso fin a la disputa. El heredero del duque fue nombrado rey y continuó la tarea de su padre y la guerra de las Dos Rosas enfrentó entonces a dos reyes. Ya habrá adivinado el porqué del nombre de la guerra, viendo las imágenes del post. La rosa de los Lancaster y la rosa de la casa de York. Una roja y la otra blanca. Y de ahí el nombre de la guerra, por las rosas de ambas casas. Pero no acaba aquí la cosa.

En 1483 los Lancaster buscaron el liderazgo de Enrique Tudor, conde de Richmond, que más tarde sería Enrique VII. En la batalla de Bosworh Field murió Ricardo III, líder del bando de York y esto dejó vía libre a Enrique Tudor hacia el trono, fundador de la dinastía Tudor. Al año siguiente Enrique, ya Enrique VII, se casó con la hija de Eduardo IV, Isabel de York. De esta manera se unieron las casas de York y Lancaster, y también se unieron sus rosas, como vemos en esta última imagen, rosa de los Tudor.

jueves 2 de julio de 2009

Cómo combatir el calor veraniego: pinte las paredes

(jueves 2 de julio de 2009)
Esta curistoria es sin duda muy apropiada para estos días de calor canicular que se unen por noches en las que el mercurio rebosa de los termómetros para golpear en el suelo, gota a gota, y no dejarnos dormir. Pero la historia nos da una receta para combatir estos calores que yo aquí les transmito, pero sobre la que tengo ciertas reticencias. En cualquier caso, igual les viene conocer el chascarrillo para contárselo a los amiguetes delante de una cañita en una buena terraza. Gloria divina esto último. Bueno, al lío.

Corría el inicio de la década de 1930 cuando hubo una pequeña rebelión en Sevilla, de aquellas que ya denotaban que algo gordo estaba por venir y que enfrentaron a los españoles, con mayor o menor virulencia, hasta desembocar en el conflicto abierto que fue la brutal Guerra Civil Española. Decía una frase por aquel entonces algo así como que los españoles siempre andábamos detrás de los curas, unas veces en procesión y otras veces para darles unos palos. Algo así era la frase, hablo de memoria. Como respuesta al intento de golpe de estado de Sanjurjo el pueblo sevillano se echó a la calle.

La enfurecida masa atacó edificios públicos y privados, y haciendo honor a la cita que antes les referenciaba sobre la relación de los españoles con el clero, también atacaron algunos edificios religiosos. Un hospital atendido por unas monjas fue uno de los afectados. Una monja narraba el hecho a un médico explicándole alterada e indignada que habían entrado en el edificio, habían gritado durante un rato y se habían marchado después de pintar en una pared: “¡Viva Rusia!”. La monja estaba indignada.

El médico, escuchando el relato y viendo el alcance del altercado, se lo tomó con cierto buen humor y le contestó: “¿Y qué quería usted, hermana, que escribieran en el mes de agosto en Sevilla con el calor que hace?”. Es posible que el médico aquel fuera comunista, no lo niego, pero también es posible que pensara que por muy mal que estuvieran las cosas en Moscú, se estaría más fresquito que en Sevilla.

Pues ya saben ustedes, no pongan el aire acondicionado, que ahorrarán energía y dinero y llenen su casa de pintadas con “¡Viva Rusia!”, “¡Ole el Polo Norte!” o “¡Qué bonito es Ávila en enero!”.

Foto: bredgur
Más información: Las anécdotas de la política de Luis Carandell

miércoles 1 de julio de 2009

Las tejas de oro de El Escorial

(miércoles 1 de julio de 2009)
El EscorialEstando las obras del impresionante monasterio de El Escorial en marcha, Felipe II se acercaba hasta allí de vez en cuando, lo que en aquel tiempo era ciertamente un viajecito, para revisar y “dirigir” la marcha de aquello. Disfrutó de aquel edificio desde antes de su existencia.

En uno de estos viajes le acompañó el embajador francés, no sé si por voluntad propia, preso de su cargo u obligado por el propio rey español. El caso es que estando allí arriba, en la sierra madrileña, el embajador comentó ante la gran cantidad de tejas que se acumulaban al pie de la obra para ser colocadas: “Mucho me temo, señor, que para coronar vuestra obra sobren tejas y falte oro”. Sin duda un comentario con cierta mala baba, dada la pésima situación de las arcas del Imperio Español. Pero hacer este tipo de apuntes delante de un tipo como Felipe II, barnizado de poder hasta la coronilla, suele tener sus consecuencias.

Felipe II no replicó en el momento al francés, pero ordenó que se colocasen algunas tejas de oro en la parte oriental del monasterio de tal forma que brillaran notablemente con el sol. Hecho esto, se volvió a llevar al embajador francés de visita, supongo que esta vez más obligado aún que la anterior, y le enseñó aquel pequeño detalle, apostillando: “Como podéis comprobar, señor embajador, sucedió al revés de lo que vos augurabais. Han faltado tejas y ha sobrado oro”.

Ambos sabían que aquello no era del todo cierto, pero el rey tenía que quedar siempre por encima de todos y todo, de un modo u otro.

Más información: San Quintín de Juan Carlos Losada

martes 30 de junio de 2009

La mujer de César...

(martes 30 de junio de 2009)
Julio CésarPublio Clodio Pulcro era un general y político de la República de Roma, en el último siglo antes del nacimiento de Cristo. De la familia Claudia, una de las más importantes de Roma, con todo lo que ello significaba, luchó al mando de la flota romana, aunque sin buenos resultados. Sus tareas políticas tampoco fueron llevadas a cabo con demasiada maestría y así, es posible que el hecho más famoso de su vida sea el que relataremos a continuación. Por cierto, y antes de proseguir, decirles que el Clodio del nombre proviene de Claudio, y que él mismo lo cambio. Lo aclaro por si se lo cruzan en alguna lectura, para que reconozcan al romano.

Este tipo, según nos cuenta el historiador Plutarco, se enamoró de Pompeya Sila, mujer de Cayo Julio César. Apuntaba alto el amigo Claudio y ello le ponía en una situación ciertamente complicada porque aún siendo un personaje de cierto nivel en la sociedad romana, no tenía posibilidades de acercarse a la bella Pompeya, al menos con dichas pretensiones. Cayo Julio César también era miembro de las mejores familias romanas y además en aquel momento estaba por encima de todos. Se había casado con Pompeya después de la muerte de Cornelia, su anterior esposa.

El intrépido enamorado no se amilanó frente a las circunstancias y se propuso llegar hasta la mujer del César como fuera y, si era posible, consumar su amor. El plan fue urdido de la siguiente manera. Pompeya era la esposa del Pontifex Maximus y una de las mujeres principales de Roma, por lo que le correspondió organizar el culto y las fiestas que se llevaban a cabo en el mes de diciembre en honor a la diosa Bona Dea. En estas fiestas sólo podían participar mujeres, estando prohibidos hasta los dibujos de hombres y animales, y el acto principal era una celebración nocturna, con vírgenes vestales y flores por doquier. Entre estas flores no podía haber mirto, porque según se cuenta, la diosa Bona Dea se resistió al deseo de su padre, el dios Fauno, de poseerla sexualmente y este la castigó azotándola con ramas de mirto. Después de azotarla, se convirtió en serpiente y la poseyó. Ya saben ustedes como son estas cosas y estas "vidas de dioses", plagadas de amantes, castigos, venganzas y cosas raras. Y tiene su gracia que adorando a seres como estos, con más vicios y traiciones que otra cosa, César tomara la decisión que tomó. Pero volvamos a nuestra historia.

Andaba Pompeya en aquella noche de diciembre celebrando la festividad de la diosa, rodeada únicamente de mujeres. La fiesta se llevaba a cabo en la casa de Julio César, por ser el principal gobernante de Roma en aquel momento y Publio Claudio Pulcro, el enamorado, se disfrazó de mujer y se coló en la fiesta (¿de qué me suena a mi esta frase?) para poder abordar de esta manera a Pompeya, en un momento de descuido y sin hombres y protectores alrededor.

Qué quieren ustedes que le diga; un hombre disfrazado en una fiesta de mujeres, es casi seguro que llama la atención, por muy bueno que sea el disfraz. Así, Claudio fue descubierto y las mujeres avisaron a los guardias que custodiaban el palacio desde fuera del mismo. Claudio pudo escapar de aquel jaleo de mujeres que gritaban y soldados que debían detener a un hombre disfrazado de mujer en un lugar lleno de mujeres y donde se suponía que no podían entrar. Es decir, no sabemos si escapó por habilidad propia o por lo peculiar de la situación, pero escapó. De todas formas, de poco le sirvió porque había sido reconocido.

Puesto todo esto en conocimiento de Julio César, este repudió públicamente a su mujer. Y dirán ustedes, pero si la pobre mujer no hizo nada y todo era culpa del amigo Claudio; al que también perdonaremos porque estaba dominado por el amor. No les falta razón, pero César entendió que había un resquicio de duda en todo aquello y que algún malpensado podría elucubrar que en realidad la mujer del César lo que buscaba era pasar un ratito con su amante, aprovechando que el César no podía estar en aquella fiesta. Y frente a esta posibilidad fue cuando Julio Cayo César pronunció la famosa frase: "La mujer de César no sólo debe ser honrada, además debe parecerlo".

A pesar de esto, César dejó claro que no tenía la menor duda sobre la inocencia de su esposa. Por cierto, dos datos adicionales: Claudio fue perdonado y esto ocurrió en el año 62 a.C.

Más información: wikipedia, laprensa.com

lunes 29 de junio de 2009

Los cuernos de Moisés en Roma

(lunes 29 de junio de 2009)
MoisésPor alguna extraña razón el título de esta entrada, cuando lo he escrito, me trae a la cabeza una de esas horribles canciones del verano con ritmos salseros y machacones. Pero no, afortunadamente no estamos hablando de esas cuestiones, sino de arte. Es más, de Arte, de una escultura de Miguel Ángel Buonarroti, un habitual de estos lares. En concreto, vamos a tratar sobre la obra titulada “Moisés” y que reposa en Roma, como parte de la tumba de Julio II. De ahí parte del título de la entrada. El resto viene de los cuernecillos que tiene en la cabeza el bíblico personaje.

¿Un personaje bíblico con cuernos? No puede ser otro que el demonio, pensarán con razón muchos de ustedes. Pero al parecer un “fallo” o "libre albedrío" en la traducción de la Biblia llevó a Miguel Ángel a colocarle unos cuernos al personaje. Me explico un poco mejor.

El Éxodo, segundo libro de la Biblia, en su capítulo 34, versículos 29-35, narra cómo Moisés bajó del monte Sinaí y cómo su cabeza brillaba con rayos de luz. En la imagen adjunta tienen ustedes una interpretación de este pasaje. Pero la palabra “rayos” en hebreo también significa “cuernos” y de ahí viene el problema. ¡Rayos, que son cuernos! Diría alguno al ver el Moisés esculpido por primera vez. Y frente a esto Buonarroti explicaría que cuando San Jerónimo tradujo el Antiguo Testamento al latín y se enfrentó a esta parte, decidió que nadie salvo Cristo (que es uno y trino, no lo olviden ustedes) podría tener rayos de luz en la cabeza. Por lo tanto optó por el otro significado de la palabra y así quedó en que Moisés bajó del Sinaí con cuernos en su cabeza. Esta versión fue la que tomó Miguel Ángel para esculpir su enorme figura para la tumba de Julio II, una obra que por otra parte le llevó mucho tiempo y le dio un buen número de quebraderos de cabeza.

MoisésFoto: romephotoblog
Más información: wikipedia, Miguel Ángel de Varios Autores

domingo 28 de junio de 2009

La perra de Guillermo de Orange

(domingo 28 de junio de 2009)
JaraHoy ha sido un día un poco duro para mi querida perra. Aquellos que tengan el libro de Curistoria en su poder y no identifiquen a quién está dedicado, ese “Jara” que aparece a modo de dedicatoria en las primeras páginas hace referencia a este querido animal. Decía que hoy ha sido un día un poco duro para ella porque a pesar de disfrutar nadando de lo lindo y gustarle el agua más que al dueño, odia los baños relativos a su limpieza. Y hoy ha tocado baño en la terraza. Para resarcirle de ese mal rato, aunque ella no lo perciba, hoy escribiré una Curistoria sobre perros.

Leía hace poco en el libro de Juan Carlos Losada titulado “San Quintín”, del que han salido algunas curistorias últimamente, como habrán visto, algo que viene perfecto para este propósito perruno de hoy. En 1572, los gloriosos tercios españoles de aquel tiempo llevaron a cabo una de sus famosas encamisadas durante los combates por la ciudad de Mons. En aquel lance estuvo a punto de morir Guillermo de Orange. Era la noche que unía el día 11 de septiembre con el 12. Las tropas españolas, al mando de Julián Romero asaltaron el campamento enemigo. El príncipe de Orange estaba dormido y no se había percatado en un primer momento del riesgo que corría y de lo que estaba pasando a su alrededor.

Fue su perra, de color blanco, de raza spaniel (es decir, “española”, curiosamente) y llamada Kuntze, la que le despertó con sus ladridos. Dormía a su lado y gracias a ella pudo reaccionar y salvar su vida. Desde aquel día siempre durmió con un perro a sus pies. Kuntze le había salvado la vida y no sabía cuándo podría presentarse otra ocasión similar. Esta es también la causa de que Guillermo de Orange fuera retratado en no pocas ocasiones con un perro a su lado.

Más información:San Quintín de Juan Carlos Losada, wikipedia, Los tercios

viernes 26 de junio de 2009

El tiempo de entrenamiento de los pilotos

(viernes 26 de junio de 2009)
El tiempo de entrenamiento de los pilotosHay cientos, incluso miles, de pequeñas cuestiones, problemas y situaciones que hicieron que la Segunda Guerra Mundial discurriera como discurrió y acabara como acabó. Ya hemos visto otras veces en este mismo blog cómo hechos insignificantes a priori se convertían en puntos de inflexión. Hoy vuelvo a explicar una situación similar.

Para un piloto de combate las horas de entrenamiento son la base para poder enfrentarse posteriormente con garantías al enemigo. El entrenamiento de pilotos consume tres factores claves muy necesarios en la guerra real: el propio piloto, los aviones y el combustible. Es decir, los mandos deben decidir en qué momento dejan de usar estos tres factores en fase de entrenamiento y los ponen a disposición del combate real. Cuanto mayor sea el entrenamiento, mejor será posteriormente el desempeño de la acción de combate, pero a veces no hay tiempo y las circunstancias de la guerra mandan.

En 1942, los alemanes comenzaron a notar la escasez relativa de uno de los tres recursos de los que hablaba anteriormente: el combustible. Desde el comienzo de la guerra y hasta aquel momento, los nuevos pilotos disponían de unas 240 horas de vuelo antes de entrar en combate. En cambio, los británicos recibían solo 200 horas y los rusos ni siquiera llegaban a esas.

En 1942 Alemania bajó su tiempo de entrenamiento a 205 horas, mientras que los británicos sumaron otras 40 horas a las 200 que venían invirtiendo. Los EEUU por aquel entonces dedicaban 270 horas a entrenar a sus pilotos. Cada vez había menos aviones y combustible nazis disponible. Esto obligó a bajar el tiempo de preparación a 170 horas. Muy pocas comparadas con las 340 que ya invertían los británicos y las 360 de los EEUU. El tiempo bajó aún más para los pilotos alemanes hacia el final de la guerra.

Es muy complicado medir la importancia exacta de este hecho en los combates aéreos, y más complicado aún medir su peso en la guerra. En cualquier caso, fue otro de los pequeños pesos que fueron inclinando la balanza. La falta de combustible disminuyó el entrenamiento de los pilotos.

Más información: Dirty little secrets of the World War II de James F. Dunnigan y Albert A. Nofi
 

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