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jueves 2 de febrero de 2012

El otro atentado contra Kennedy

(jueves 2 de febrero de 2012)
Todos sabemos que John F. Kennedy acabó sus días en un atentado en Dallas, el 22 de noviembre de 1963. Pero antes de aquel día ya hubo otros hombres dispuestos a acabar con el presidente de EEUU a través de un atentado. Tres años antes, un cartero retirado de New Hampshire, planeó acabar con Kennedy, entonces recién elegido presidente. Las elecciones se habían celebrado el 8 de noviembre de 1960 y lo que voy a narrarles ocurrió en diciembre de aquel mismo año.

Después de las elecciones, Pavlick dejó el lugar en el que vivía en su coche, un Buick de 1950. Pocos días después envió una postal a un viejo amigo, comentándole que pronto oiría hablar de él, con grandes noticias. Aquella postal fue seguida por otras, del mismo tipo. Murphy, el amigo de Pavlick que las recibía, se dio cuenta que los lugares desde los que iban llegando habían sido visitados por Kennedy en los días de envío de dichas postales. Puso estos detalles en conocimiento de la policía local y el tema acabó en las manos del servicio secreto. Después de algunas entrevistas e investigaciones, descubrieron que Pavlick había comprado dinamita, lo que disparó las alarmas.

Pavlick estaba persiguiendo a Kennedy, vigilándolo en la medida de sus posibilidades. El 11 de diciembre, domingo, poco antes de las diez de la mañana, Pavlick esperaba dentro de su coche, cargado de dinamita, a que llegara el momento de poner su plan en marcha. Su objetivo era estrellar su propio coche contra el de Kennedy y que todo volara por los aires, él incluido. Cuando llegó el momento Pavlick vio que el presidente iba acompañado por su esposa, Jacqueline, y por sus dos hijos, y decidió posponer el atentado.

Cuatro días después, el 15 de diciembre, en Palm Beach, un oficial de policía descubrió el coche de Pavlick, que entonces era buscado ya por las fuerzas de seguridad, y arrestó a aquel cartero retirado, antes de que acabara con el presidente Kennedy. Pocos días antes había tenido su oportunidad, había estado realmente cerca de acabar con el presidente.

En enero de 1961 Pavlick ingresó en un hospital mental, siendo acusado de querer atentar contra la vida del presidente. En diciembre de 1963, diez días después de que otro hombre atentara, con éxito, contra Kennedy, Pavlick quedó libre de cargos. Según el juez, no era capaz de diferenciar entre el bien y el mal en sus acciones, al no tener sus facultades mentales en buen estado. Su vida, hasta 1975, cuando murió, fue una secuencia de hospitales.

Gracias a Dios, sus facultades mentales, dañadas, brillaron aquel día en el que decidió no volar el coche de Kennedy porque sus hijos y su esposa viajaban con él. Eso salvo la vida de todos, incluido Pavlick, y permitió al presidente vivir algunos años más, aunque acabara tristemente su días cuando otro hombre, Lee Harvey Oswald, sí llevo su plan hasta las últimas consecuencias.

miércoles 1 de febrero de 2012

Por qué las patatas fritas son french fries

(miércoles 1 de febrero de 2012)
En este país, España, en el que a la tortilla de patata se le llama tortilla española para diferenciarla de la tortilla francesa, por si no fuera poca diferencia las patatas, la cebolla y todo lo demás, se denominan patatas fritas a las tiras de patatas, aunque pueden tener otra forma, que se fríen en aceite. Pero, en los EEUU, estas tiras de patata fritas se llaman french fries, que se podría traducir por algo así como patatas fritas a la francesa. Y esto, como no podía ser de otro modo, tiene un porqué.

Thomas Jefferson (1743―1826), uno de los principales autores de la Declaración de Independencia de EEUU y el tercer hombre que fue presidente de aquel país, lo fue entre 1801 y 1809, estuvo destinado como embajador en Francia entre 1785 y 1789. En 1802, cuando ya era presidente, sirvió unas patatas cocinadas “al modo francés”, en una cena en la Casa Blanca. Aquel plato fue un éxito y comenzó a extenderse su consumo. Y como estaban preparadas al "estilo francés", acabaron llamándose francesas, con un lógica obvia. En 1856 se consagró por fin la receta en un libro: “Cookery for Maids of All Work”, de E. Warren. Y de entonces hasta nuestros días.

martes 31 de enero de 2012

Barcos camuflados como cebras

(martes 31 de enero de 2012)
Durante la Primera Guerra Mundial se comenzaron a camuflar barcos para que no fueran fácilmente distinguibles en el océano, y se consiguió en cierta medida siempre que el enemigo fuera un barco convencional, ya que desde los submarinos los barcos se recortaban claramente en el horizonte y eran fácilmente detectables, haciendo aquel primer camuflaje inútil.

Para evitar a este segundo enemigo, los submarinos, se decidió pintar los barcos de un modo extraño. Ya que no se podían ocultar a la vista, al menos se buscaría hacer el objetivo menos sencillo de abatir para los U-Boote. Se pintaban los barcos con unos patrones tan extravagantes que conseguían crear una ilusión óptica que evitaba al enemigo determinar con exactitud y facilidad cuál era el curso de la nave. En 1917 estaba planeado pintar toda la flota mercante y parte de la flota de guerra.

Los diseños fueron creados por la Royal Academy de Londres, bajo la supervisión de Norman Wilkinson, creador de la idea. Los dibujos, además de bloques y líneas de colores, incluían en ocasiones puentes y anclas. Un ejemplo más de cómo una idea en principio sencilla sirve para un gran propósito: pintar un barco de tal modo que la visión del mismo distorsione la realidad y confunda al enemigo al moverse, evitando que este determine con exactitud la velocidad y el rumbo del barco camuflado. Esto mismo, según parece, es lo que consiguen las cebras con sus rayas blancas y negras cuando huyen a la carrera de un depredador.

Fuente: La Primera Guerra Mundial, de H.P. Willmott

lunes 30 de enero de 2012

Que te den morcilla

(lunes 30 de enero de 2012)
¿A quién no le han dicho alguna vez eso de “que te den morcilla”? Pues sepan ustedes que cuando les dicen esto lo que están deseando es su muerte, tal y como vamos a descubrir al ver el origen de este dicho.

Hace mucho tiempo, afortunadamente, el método para acabar con los perros callejeros en las ciudades era terrible y brutal. Se trataba directamente de matarlos, de acabar con ellos sin mayores miramientos. ¿Cómo? Los empleados del ayuntamiento buscaban esos perros vagabundos y les daban de comer morcilla envenenada con estricnina. Sin duda, un método expeditivo, lo que me lleva a otro dicho “muerto el perro, se acabó la rabia”. De ahí viene el dicho "que te den morcilla" y como ya les decía, viene a decir que nos deberían tratar como a aquellos pobres perros.

Más tarde este método, que a mi personalmente me retuerce las tripas, fue sustituido por la captura de los perros callejeros y su reclusión en algún centro, tal y como ocurre actualmente con las perreras municipales. Escribiendo esto me viene a la cabeza la siguiente frase, que no sé muy bien quién pronunció (¿Lord Byron?) que reza: “cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”. Y con esta son tres las frases o dichos utilizados en esta entrada, no está mal la cosa. Mi perro, perra en este caso, es ese animalito que está durmiendo en la foto que acompaña la entrada. El otro animalito soy yo.

Por cierto, nada tiene que ver el dicho tratado en la entrada con el de “vete a freír morcilla”, usado para despreciar a alguien de un modo más suave, y que bien puede usar como elemento a cocinar la morcilla, los espárragos o incluso unas monas.

Fuente: El porqué de los dichos, de José María Iribarren

domingo 29 de enero de 2012

Por qué el Papa firma "siervo de los siervos de Dios"

(domingo 29 de enero de 2012)


A finales del siglo VI, en Constantinopla había un patriarca conocido como Juan “El Ayunador”, que ayunaba frecuentemente y daba numerosas limosnas. Pero este virtuoso hombre tenía un defecto: el orgullo. Y el orgullo era el que le hacía tener envidia del jefe supremo de la Iglesia, el Papa de Roma, en aquel momento, Gregorio I. Un día le dijo Juan “El Ayunador” a un legado del Santo Padre:
―¿Por qué ha de ser Gregorio jefe de la Iglesia? Constantinopla es una ciudad más grande que Roma y el emperador habita en ella. Puesto que es la sede del imperio, debiera ser también la del jefe de la Iglesia. En realidad, el Papa debería ser yo.

Al enterarse el Papa de aquellas palabras comentó:
―Juan tiene apariencia de un dulce cordero, pero esconde dientes de lobo.

Y el Papa no iba desencaminado en su afirmación. Es cierto, como decía Juan, que Constantinopla era el Imperio, y por lo tanto ser su patriarca era un cargo importante, pero el no ser Papa martirizaba a nuestro Ayunador. Tal es así, que un día tuvo la desfachatez de enviar una carta al Papa firmando como “Juan, obispo de toda la tierra, es decir, jefe de toda la Iglesia”. El Papa Gregorio, que sería santo más tarde, se tenía a sí mismo como jefe de la Iglesia, como efectivamente era por ser sucesor de san Pedro en Roma. Pero en la contestación, aún siendo severo, no quería entrar en una lucha de egos con Juan y decidió recordarle al patriarca de Constantinopla “que los jefes de la Iglesia no son como los reyes de la naciones, que reclaman grandes honores y fomentan los celos de los orgullosos. Lo que dice el Evangelio es que el jefe de la Iglesia, más que ningún otro obispo, es el servidor de los cristianos”. Escribió su respuesta el Papa y firmó aquella carta como “Gregorio, siervo de los siervos de Dios”. Y desde entonces, todos los Papas han seguido firmando como el Papa Gregorio I, como san Gregorio.

Fuente: Mis anécdotas preferidas, de Carlos Fisas

sábado 28 de enero de 2012

La Cruzada del Saber

(sábado 28 de enero de 2012)
En nuestras recomendaciones de fin de semana hoy le toca el turno a un proyecto de esos que se llevan muchísimo esfuerzo en la realización para que luego, todos los internautas, podamos disfrutar de contenido gratis, siempre a nuestra disposición. Cosas así son de agradecer.

La Cruzada del Saber es una revista digital cuyo décimo número acaba de ver la luz y está ya listo para su descarga aquí. También pueden descargar los nueve anteriores (aquí) y la temática, como es lógico, es afín a este blog: humanidades y ciencias sociales. En el número décimo se tratan temas como la esclavitud, la Liga Hanseática, Jovellanos, Tiziano, o los conflictos actuales en el mundo. Algunos de los artículos están en inglés (con el debido resumen en español), pero la mayoría son en castellano y de un tono divulgativo.

Les animo a descargarse los diez números de la revista y repasarlos, seguro que hay algún artículo que les interesa: bandolerismo, templarios, caballería medieval, los varegos, ooparts, castillos, la muerte en la cultura japonesa... y otros muchos temas.

Y, por supuesto, gracias a los involucrados directamente en la revista porque estas cuestiones roban tiempo, esfuerzo y preocupaciones, y lo justo es que los que más tarde nos aprovechamos de todo ello, al menos, estemos agradecidos. Espero que este décimo número, que ha tardado más de lo esperado en ver la luz, sea un punto de inflexión y que de aquí en adelante el camino sea más llamo para La Cruzada del Saber.

jueves 26 de enero de 2012

Arístides, El Justo.

(jueves 26 de enero de 2012)
Arístides (o Aristides) fue un estadista ateniense que vivió entre el 530 a.C. y el 468 a.C. Metido en política fue condenado al ostracismo en el año 482 a.C. Y es entonces cuando tiene lugar la curistoria que voy a narrarles, que como siempre en estos casos, ha de tomarse con el debido escepticismo.

Para desterrar a un ciudadano en Atenas, para enviarle al ostracismo, se constituía una asamblea en la que se votaba. El voto a favor del destierro se hacía escribiendo el nombre del condenado en un ostracón (pedazo de teja) y luego se hacía un recuento de ostracones con el nombre.

Volvamos a nuestro Arístides, después de la explicación. Iba este de camino a la asamblea en la que se iba a decidir si era desterrado o no, cuando un campesino le paró y le pidió que escribiera el nombre de Arístides en su ostracón. Este le preguntó por qué iba a votar a favor de la condena a Arístides, su propia condena en realidad y el campesino le contestó:
―No lo soporto, todo el mundo dice que es el más justo.

Arístides escribió entonces su nombre en la pieza de cerámica y asumió su condena, si aquello era lo que le correspondía por ser el más justo. De hecho, ese era el sobrenombre de Arístides: “El Justo”.